La vida es en verdad muy sencilla. A veces nos quejamos, la maldecimos, le recriminamos lo difícil que es, pero eso es pura mentira. Vivir no nos cuesta, es algo que se nos da naturalmente. Con esto no quiero decir que la vida sea satisfactoria o feliz, sólo que es simple, y allí hay una gran diferencia.
Personalmente, considero que mi vida trasciende los niveles de la sencillez y ralla en lo que algunos llaman patética y otros aburrida. Más que nada en vacaciones. Me levanto todos los días alrededor de las nueve. De la cama paso directo a la televisión, con la cual me deleito media hora (o una entera si hay algo bueno). Luego leo un poco, desayuno, hago unos cuantos quehaceres (qué es lavar los trastes, tender la cama y sólo cada cinco días limpiar los espejos) y después me aviento directo a la computadora. Allí el tiempo fluye indistintamente, checando blogs, Twitter, Facebook y otras muchas porquerías.
Posiblemente, hay sólo dos cosas útiles que hago en el día. Lo primero, y más importante, cantarme a mí mismo (a falta de tener alguien a quien cantarle o una pareja/grupo decente con quien cantar) la misma y romántica canción que haya escogido para el día, y creo que, hasta ahora, he aprendido diez nuevas canciones. Lo segundo es leer mi libro, pero incluso esto trae complicaciones. Porque, o el libro es tan bueno que simplemente no quiero perderme en él y terminarlo en un par de oras, o es una lectura tan fastidiosa que me hastía y me repele. Sin embargo, son puros dramas menores.
En temporada de escuela, mi vida se complica aún más, pero no pasa de chiste y juego: a la lista de acciones previamente descritas (modificadas únicamente porque tengo menos tiempo para cantar, a pesar de que, curiosamente me levante muchas horas más temprano) se le suma: ir a la escuela medio día y hacer tarea, tarea, tarea, tarea. Aún así, ¿quién no puede hacerlo?
Mi vida es, pues, sencilla. Y qué hay de la felicidad, se preguntaran algunos. La verdad, no tengo motivos por los cuales quejarme. Teno una familia pequeña, que me quiere, algunos amigos, posesiones materiales, inteligencia… Sin embargo, me siento atrapado. La cotidianidad, la simpleza, todo es tan asfixiante. Vivo en una especie de mentira, sonriendo y asintiendo sin saber en verdad por qué.
Todos los días me despierto igual, con la misma sensación de que debería estar en otro lugar, de otra forma. Como si sólo en sueños pudiese alcanzar lo que debería. Camino en automático, actúo en automático. Me vuelvo un espectador de la misma cotidianidad que me atrapa. Allí están los conflictos humanos: celos de aquél que sabe merecía estar con esa mujer; aquella resentida que se siente quedada atrás, aquel que ama con pasión pero no se atreve a decirlo, la que no encuentra lo que busca y se escuda en hiriente frialdad, e incluso yo mismo, que observo y critico a todos pero no hace nada constructivo. Allí está el cielo, falto de estrellas por el smog de la ciudad, y una luna brillante y redonda, que aunque hermosa ha perdido toda su gloria. Allí está el auto que pasa todos los días a la misma hora, rumbo al trabajo de su dueño. Allí está la clásica interrupción de mi familia, creyendo que estoy en su mismo canal de “unión familiar” y “salgamos a un pueblito porque o lo digo”, o que simplemente no parece notar que estoy cantando o leyendo. Y podría seguir y seguir. Pero no hay ningún punto.
Cualquiera que leyese esto creería que he perdido el gusto a la vida. Tanta amargura no es común en alguien tan joven. Prefiero pensar que simplemente veo mucho más de lo que debería, y que tanta realidad me ha hecho… ¿neurótico? Ya no sé qué pensar.
Lo que quiero es un cambio radical. Lo que necesito, debo corregirme, es un cambio radical. Salir de mi día de siempre, de observar, de dividirme en mundos opuestos, de asentir y sonreír, de todo, en general. “Consíguete una vida” pensará algún maldito, y, no hay necesidad que me lo diga, ya me lo he repetido muchas veces. Pero lo que más necesito conseguir no es la vida en sí, que esa todos la traemos, sino conseguirme algo para complementar la que tengo. Algunos encuentran a una persona especial, otros encuentran adrenalina, otros encuentran iluminaciones divinas. Yo no encuentro nada. Lo que necesito es buscar. Y, sí, encontrar algo de suerte no estaría de más (un punto claro de inicio también me agradaría).
Ahora, a qué viene todo esto. Antes que nada, a uno de mis clásicos ataques de hastío vacacional (malditas vacaciones, me quitan tanto trabajo que hasta me permito verme a mí y mis fallas, y bien sabido es que no hace bien conocer fallas si no estás listo o tienes la capacidad para arreglarlas). Pero también a qué, los últimos días del año, todos reflexionan (a más o menos profundidad), qué han hecho con sus vidas hasta ese punto, y qué tanto podrían mejorar. Así surgen los propósitos para el año nuevo, o más bien, el primer trimestre del año, pues para abril ya están enterrados en el olvido. Me doy pues, el propósito de buscar ese cambio radical, a bien, para mi vida. Lo dejo por escrito para que, en abril cuando crea haberme librado de él, pueda releer esta página y recordarme que, aún falta mucho por hacer.
No hay comentarios:
Publicar un comentario